Los Korowai canivales en los arboles


En Papua Nueva Guinea hay una tribu llamada Korowai, la componen solo unos 4.000 individuos, antes de 1970 nadie conocía su existencia y a la inversa, ellos no sabían que aparte de las tribus cercanas, había nadie más. Son cazadores-recolectores, practican una agricultura muy básica y, antes de que el hombre blanco apareciese por allí, no habían pasado del Paleolítico.

Se cree que posiblemente sean caníbales, una practica que, por otra parte, hace poco se ha comprobado que era habitual en esa época en todo el mundo. Viven en unas cabañas elevadas, a veces a treinta metros de altura, y acceden a ellas por medio de lianas y escaleras talladas en los troncos de los arboles.

El antropologo y explorador PAUL RAFFAELE convivio con ellos y aqui os pongo retazos de una entrevista concedida a muy interesante:
Como son los caníbales korowai, con los que usted convivió. ¿Quiénes son y cómo llegó hasta ellos?
–La tribu korowai de Nueva Guinea es una de las pocas que aún practica el canibalismo. La forman unos 4.000 individuos que viven en grupos de 10 o 12 personas en casas construidas en las copas de los árboles en medio de la selva. No saben qué es la electricidad, ni los coches, ni las carreteras, ni los violines, ni la penicilina, ni Cervantes, ni el agua corriente, ni casi nada de lo que podamos imaginar. A los extranjeros los llaman laleo –“demonios fantasmas”–, aunque la mayo ría ni siquiera ha visto jamás a una persona de raza blanca. Entre ellos se pelean a menudo, y matan y se comen a los que consideran khakhua, o brujos que toman la forma de hombres y son responsables de las muertes misteriosas de los miembros de la tribu.

Para llegar hasta allí tuve que caminar y navegar durante varios días por una selva inunda da. Mi guía, Kornelius Kembaren, lleva 13 años viajando por el territorio pero nunca había remontado tanto el río, porque los korowai amenazan con matar a quienes se adentran en sus domi nios. Kembaren tuvo que desplegar toda su diplomacia para que aceptaran nuestra visita.
–¿Cómo fue la primera reunión con el líder caníbal?
–Una noche subimos a su casa arbórea, que era bastante amplia. Nos sirvieron un pescado de río, y el jefe, Boas, usando a Kembaren como traductor, me contó que los khakhuas se presentaban por la noche disfrazados de parientes o amigos de su futura víctima para devorarle las entrañas durante el sueño y rellenarlas con fuego, antes de rematarla disparándole un dardo en el corazón. Según Boas, lo normal es que el moribundo pronuncie antes de morir el nombre de su khakhua asesino, que podía ser un habitante de su casa- árbol o de otra distinta. “Por eso”, insistió Boas, “tenemos que acabar con los khakhuas. Son dañinos”. Después se quedó mirándome maliciosamente y me dijo: “nosotros no comemos humanos. Sólo khakhuas”.

–¿Y cómo hace la tribu para identificar a los khakhuas entre su propio clan?
–He ahí la cuestión. Es algo muy subjetivo porque es el moribundo quien los identifica. Yo creo que la sensación del estómago ardiendo no es otra cosa que retortijones causados por parásitos. Pero sea como sea, el enfermo tiene el poder de acusar a alguien, o lo que es lo mismo, de condenarlo a muerte.

“Del ser humano se comen todo... excepto los huesos, las uñas y el pene”–Yo estaba tranquilo con Boas porque me parecía una persona “razonable”, hasta que apareció Kilikili, el asesino más notable del clan, según mi intérprete, un tipo de mirada inexpresiva cuya boca dibujaba una mueca que me puso los pelos de punta. De pronto sacó de una bolsa el cráneo de Bunop, su víctima más reciente, a la que había matado y sacado el cerebro con el hacha de piedra que llevaba colgada al cinto. Los ojos de Kembaren se humedecieron mientras me comentaba espantado que Bunop era uno de sus porteadores habituales. A continuación me pasaron el cráneo. Yo no quería cogerlo pero tampoco pretendía ofender a los korowai, así que lo sostuve entre mis manos y se me heló la sangre al sentir el contacto con el hueso. Ningún occidental había estado jamás en esa situación. Me contaron que Bunop merecía morir porque era un khakhua que había matado al primo de uno de los miembros del clan: “Así que lo atamos, lo llevamos río arriba y lo acribillamos a flechazos. Luego, mientras entonábamos nuestros cantos rituales, le sacamos los intestinos, le abrimos las costillas y le cortamos los brazos y las piernas”. Después repartieron los trozos de carne entre los miembros del clan. La cabeza se la dieron al que había identificado al khakhua. Cocinaban la carne humana mediante el mismo procedimiento que la de cerdo, envuelta en hojas de plátano bajo una pila de piedras calientes que hacían de horno.

Foto de paul Raffaele el antropologo

2 comentarios:

alexander sánchez dijo...

Muy bonito post, muy buena información sobre esta tribu desconocida para mí hasta ahora. Excelente, espero sigas aportando buenos post.
saludos de centro américa!!!!

Regatecha dijo...

Gracias Alexander,intentare seguir con post interesantes para todos.
Un saludo desde España:
Regatecha.