STRADIVARIUS LA LEYENDA:


Se dice de los Stradivarius –los violines más famosos y prestigiosos del mundo- que su sonido puede escucharse desde otra habitación con más volumen que desde donde se ejecuta. Que su sonido penetra en las grietas y pasea por el barrio, que su resonancia es infinita, que las melodías que salen de su caja no se pierden sino que se elevan hasta el cielo y quien pudiera llegar allí podría escuchar un enjambre de sonidos demoníacos.

Nicola Amati tenía mucho trabajo, en el norte de Italia las termitas acababan con cientos de violines, algunos de ellos quedaban inutilizables. Inclusive llegaron a acusarlo de ser él mismo quien criara tal insecto para repartirlo por las noches en las casas de distintos violinistas de la zona. Éste era un rumor desesperado, Amati jamás hubiera hecho tal cosa, Amati amaba al instrumento, amaba sus violas y sus violoncellos.

Cuando Antonio, aún muy joven, se independizó de su maestro y le dedicó sus primeros violines (en la tapa interna podía leerse: “Antonio Stradivarius Cremonencis alumnus Nicola Amati faciebat ano 1666”), no eran nada que pudiera considerarse maravilloso, sin embargo con el tiempo consiguió perfeccionar su técnica y comenzó a tener su grupo de adeptos. Aún así, ninguno de esos instrumentos pertenecían a su producción más famosa; aún no había surgido el mito.


La historia

Todo comenzó un día en el que, cansado, había terminado su modelo más logrado y había sido concebido con la mejor madera que había visto en su vida, fue el que más tiempo le había llevado; tiempo de estacionamiento, tiempo de remojo, tiempo de secado, tiempo de afinación, tiempo de asentamiento; le tomó más de un año dejar el violín en el punto que él consideraba justo. Aquel día se pasó buena parte de la tarde tocando, se había dejado llevar por algunas melodías populares y acabó con unas melodías melancólicas que hacían gala de su propia melancolía. No sé por qué acontece pero acontece que, después de un logro, al ser humano le invade un vaho de tristeza. Llora, se siente triste, su garganta lo aprisiona. Antonio bebía y tocaba, tocaba y bebía, festejaba, lloraba, y el destino quiso que acabara dormido en el piso de un patio interno de su casa, patio que con mucha vegetación no demoró en avisar a las termitas que su tesoro invalorable estaba nada menos que en la barriga de un Antonio Stradivarius dormido tanto cuanto sus lágrimas secas que aún dejaban algún brillo en parte de su rostro; las hormigas subían por la manga de su camisa, consiguieron hacer una trilla negra, concurrida, desesperada, de ida y de vuelta al violín, cuando alguna campana de alguna Iglesia del norte de Italia anunció las seis de la mañana, Antonio abrió los ojos, la ciudad de termitas estaba dispersa por su cuerpo, su violín estaba bastante estropeado.

Su odio lo transformó. Luego de días de inmovilidad, decidió que dedicaría su vida a alejar a esos monstruos terribles de sus creaciones. Comenzó utilizando bórax en la mezcla con el barniz, barnizó una de sus maderas y la dejó en el patio. Al otro día vio que el bórax sólo mataba a las termitas, no las conseguía ahuyentar sin antes sacrificar sus vetas con algunos bichos muertos. Sin embargo descubrió que a largo plazo podría ser de utilidad ya que no sólo servía como veneno de termitas, sino que acababa endureciendo a la madera. También percibió que a la intemperie, la madera había criado algunos hongos, que a pesar de ser muy pequeños por el poco tiempo de exposición, perjudicaba su sonoridad. A partir de esto, decidió agregar al barniz resina gomosa de árboles frutales, sabía que este elemento era un fungicida muy efectivo. Aún así, no había solucionado el asedio de los bichos.

Serán termitas. Pero no comen vidrio.

Ante varios intentos frustrados Stradivarius se emborrachó. Hablaba con las termitas, les preguntaba cosas, les contaba historias, les explicaba su pasión. En un momento de odio, tomó su botella de aguardiente y la arrojó con fuerza hacia la madera que estaba siendo devorada por sus archienemigas, el vidrio, triturado sobre la madera, las había ahuyentado. Este fue el último elemento que empleó, el que iría a cambiar la historia de los violines en el mundo. Mezcló vidrio triturado, muy fino, en su barniz. En su intento posterior, cuando dejó la madera en el patio, comprobó al otro día que no había sido invadida por termitas ni por humedad, ni por hongos, que se conservaba fuerte y dura como cuando la había dejado ahí.

Lo que no había percibido, es que no sólo acabó con el flagelo de los predadores, sino que toda esa mixtura de elementos daba una sonoridad e integridad única al instrumento, esa sonoridad e integridad única que se comenta hasta hoy, trescientos años después.


fUENTE:Gattaca
En este video podeis escucharlo ella es Janine Jansen una de las mejores violinistas del mundo una asociacion le regalo un stradivarius.